Xavier Bru de Sala – La Vanguardia 15/02/2006
El Llull al CCAEl mejor futuro para el Llull está en traspasarlo al Consell, pero la consellera Mieras se desvive para acumular poder.Atribuyo la retirada de Folch al frente del Ramon Llull al fracaso del president Maragall, su mentor, en su intento para cambiar el Govern. Su incompatibilidad con la consellera Mieras era tan conocida que se barajaba la posibilidad de que la dependencia orgánica pasara de Cultura a Presidència. Ahora que pasó el peligro, llega otro, y es que el Llull pierda sus restos de autonomía y se convierta de facto en una dependencia más en el organigrama del departament de Cultura. Ya que no está el Govern Balear, puede hacerse con el mayor sigilo.
Antes de proseguir con mi argumentación sobre la solución que prefiero (por fortuna no soy el único), permitid una previa sobre las decisiones que afectan al diseño de las instituciones. Lo primero a considerar en este sentido es que deben tener garantizado, o facilitado al máximo, su buen funcionamiento, mande quien mande. Parece de cajón pero pocas veces es así. El principal fundamento de la señora Mieras para recortar las atribuciones del Consell de Cultura propuesto por Bricall consiste en afirmar con la máxima contundencia que ella no es sectaria y que jamás permitiría un uso partidista de la cultura. Bien. ¿Y si el siguiente piensa lo contrario, sea del partido que sea? No importa. Ya se apañará. Ya os apañaréis. Mucho más sensato y de agradecer por parte de los que no estamos de paso en la cultura -ella sí- sería que nos dejara las cosas arregladas para que los hilos del poder en cultura queden lo más lejos posible de una sola mano. Pues bien, la consellera está haciendo lo contrario, acumula poder en vez de repartirlo, sin caer en la cuenta de que para ella el placer de ejercerlo es efímero, pero las consecuencias para la cultura pueden ser graves.
Este y no otro es el principio que justifica la presencia de consejos de cultura en muchos países de la Europa más avanzada. Bricall y su equipo estudiaron los diversos modelos y hablaron con todo el mundo, hasta llegar a una propuesta inicial de eficacia probada y al mismo tiempo adecuada a la realidad catalana. Luego resultó que la consellera no quería perder poder sino incrementarlo, de modo que Bricall introdujo rebajas y ambigüedades en el texto final de su informe (habiendo dejado claros desde el principio tanto la autonomía del Consell como su adscripción al departament de Cultura). Circula, y no es apócrifo, un documento o propuesta en forma de proyecto de ley, al parecer elaborado en los servicios centrales del Govern, que se descalifica por un motivo inédito, insólito, extemporáneo y propio de una mente enfermiza. Si Bricall hablaba de cultura catalana con toda normalidad, sin interpretar hasta donde alcanza el concepto y por lo tanto reafirmando su flexibilidad, la mano siguiente ha dado mil rodeos para que dicha expresión no aparezca ni una sola vez. ¡Ni una!
Como el debate no es ese, dejemos al majareta que así delira y volvamos al tema, que son las atribuciones del CCA. Pronto serán cosa de los partidos, singularmente los del Tripartito pero con CiU muy presente. Ellos tienen la palabra. Los partidos y las asociaciones de la cultura, que deberán hablar alto y claro, dentro y fuera del Parlament, no la consellera. Si Maragall quería echarla y no pudo, tampoco pasaría nada si ella quiere convertir el Consell en un organismo asesor y no lo consigue. Si le gusta bien y si no también. Entre mandar y dejar las cosas arregladas para el futuro, Mieras ha escogido mandar. Pero ahí no se acaba el mundo, ni las posibilidades de contar con un Consell de Cultura independiente y no gremialista. Una baza a favor es que a las cúpulas de los partidos casi les da igual una cosa y la otra, que trabajan sin urgencias y el asunto no es prioritario en términos políticos, ni resulta atractivo -vaya error- para los medios de comunicación. Trabajando sin focos, pueden llegar a un pacto cuatripartito para un Consell ambicioso y con el máximo poder. Y no lo tendrá si no se le atribuye el Ramon Llull
Antes de proseguir con mi argumentación sobre la solución que prefiero (por fortuna no soy el único), permitid una previa sobre las decisiones que afectan al diseño de las instituciones. Lo primero a considerar en este sentido es que deben tener garantizado, o facilitado al máximo, su buen funcionamiento, mande quien mande. Parece de cajón pero pocas veces es así. El principal fundamento de la señora Mieras para recortar las atribuciones del Consell de Cultura propuesto por Bricall consiste en afirmar con la máxima contundencia que ella no es sectaria y que jamás permitiría un uso partidista de la cultura. Bien. ¿Y si el siguiente piensa lo contrario, sea del partido que sea? No importa. Ya se apañará. Ya os apañaréis. Mucho más sensato y de agradecer por parte de los que no estamos de paso en la cultura -ella sí- sería que nos dejara las cosas arregladas para que los hilos del poder en cultura queden lo más lejos posible de una sola mano. Pues bien, la consellera está haciendo lo contrario, acumula poder en vez de repartirlo, sin caer en la cuenta de que para ella el placer de ejercerlo es efímero, pero las consecuencias para la cultura pueden ser graves.
Este y no otro es el principio que justifica la presencia de consejos de cultura en muchos países de la Europa más avanzada. Bricall y su equipo estudiaron los diversos modelos y hablaron con todo el mundo, hasta llegar a una propuesta inicial de eficacia probada y al mismo tiempo adecuada a la realidad catalana. Luego resultó que la consellera no quería perder poder sino incrementarlo, de modo que Bricall introdujo rebajas y ambigüedades en el texto final de su informe (habiendo dejado claros desde el principio tanto la autonomía del Consell como su adscripción al departament de Cultura). Circula, y no es apócrifo, un documento o propuesta en forma de proyecto de ley, al parecer elaborado en los servicios centrales del Govern, que se descalifica por un motivo inédito, insólito, extemporáneo y propio de una mente enfermiza. Si Bricall hablaba de cultura catalana con toda normalidad, sin interpretar hasta donde alcanza el concepto y por lo tanto reafirmando su flexibilidad, la mano siguiente ha dado mil rodeos para que dicha expresión no aparezca ni una sola vez. ¡Ni una!
Como el debate no es ese, dejemos al majareta que así delira y volvamos al tema, que son las atribuciones del CCA. Pronto serán cosa de los partidos, singularmente los del Tripartito pero con CiU muy presente. Ellos tienen la palabra. Los partidos y las asociaciones de la cultura, que deberán hablar alto y claro, dentro y fuera del Parlament, no la consellera. Si Maragall quería echarla y no pudo, tampoco pasaría nada si ella quiere convertir el Consell en un organismo asesor y no lo consigue. Si le gusta bien y si no también. Entre mandar y dejar las cosas arregladas para el futuro, Mieras ha escogido mandar. Pero ahí no se acaba el mundo, ni las posibilidades de contar con un Consell de Cultura independiente y no gremialista. Una baza a favor es que a las cúpulas de los partidos casi les da igual una cosa y la otra, que trabajan sin urgencias y el asunto no es prioritario en términos políticos, ni resulta atractivo -vaya error- para los medios de comunicación. Trabajando sin focos, pueden llegar a un pacto cuatripartito para un Consell ambicioso y con el máximo poder. Y no lo tendrá si no se le atribuye el Ramon Llull

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